Durante años, la entrada de grandes tecnológicas en colegios e institutos se ha contado como una historia cómoda: dispositivos asequibles, software “gratuito”, gestión sencilla y colaboración en la nube. Pero en 2026, esa narrativa empieza a resquebrajarse por una razón incómoda: la escuela no solo es un lugar donde se aprende, también es donde se forman hábitos digitales. Y los hábitos, en tecnología, suelen convertirse en fidelidad.
La alarma se ha disparado tras conocerse documentación interna de Google incorporada a un proceso judicial en Estados Unidos, en la que se plantea que el uso de Chromebooks y herramientas educativas puede servir para construir confianza y lealtad de marca a largo plazo. El mensaje de fondo es simple: si una generación se acostumbra desde los 8 o 10 años a iniciar sesión en un ecosistema, guardar ahí sus deberes, comunicarse por sus canales y consumir contenidos en sus plataformas, es muy probable que lo siga utilizando cuando crezca.
Google ha rechazado esa lectura, sosteniendo que sus productos educativos responden a la demanda de docentes y centros, y que la escuela mantiene el control. Aun así, el debate ya está encima de la mesa: ¿y si el “gratis” no fuera ayuda desinteresada, sino una inversión para captar al cliente del futuro?
El aula como atajo hacia el mercado
La discusión se entiende mejor con una idea clave: en la economía digital, el valor no está solo en vender un dispositivo, sino en controlar la identidad, el almacenamiento y el flujo de trabajo. El ordenador del alumno es importante, pero lo que decide el futuro es dónde vive su vida digital: su cuenta, sus documentos, sus permisos, sus formatos, sus rutinas.
En ese sentido, la escuela es un canal perfecto: es estable, recurrente y masivo. Una plataforma implantada en un centro no se usa una tarde, se usa durante cursos enteros. Y cuando el sistema educativo organiza sus tareas y comunicaciones alrededor de una marca, esa marca deja de ser una herramienta y se convierte en la forma “normal” de hacer las cosas.
El riesgo es evidente: la alfabetización digital se degrada cuando se confunde “aprender informática” con “aprender a usar un proveedor”. Y el alumnado, sin darse cuenta, puede salir del sistema educativo con una idea muy limitada de lo que es un ordenador: un navegador, un aula virtual y un puñado de apps, siempre con el mismo inicio de sesión y los mismos formatos.
Google no está sola: Microsoft lleva décadas perfeccionando el modelo
Si el caso de Google ha encendido el debate por la crudeza de los documentos conocidos, Microsoft representa la versión histórica y estructural de esa misma estrategia. Durante décadas, generaciones enteras han sido formadas en la práctica con una equivalencia automática: ofimática era Word, Excel y PowerPoint; “ordenador” era Windows. Esa continuidad no surgió por accidente: Microsoft ha sostenido programas educativos y acuerdos institucionales que han convertido su ecosistema en estándar de facto.
Hoy, esa lógica continúa con Microsoft 365 Education, incluyendo planes sin coste para centros elegibles (como Office 365 A1), que facilitan suite ofimática, colaboración y cuentas para estudiantes y docentes. De nuevo, el argumento a favor es inmediato: reduce barreras, simplifica la gestión y “democratiza” el acceso. El argumento crítico es igual de claro: normaliza formatos y flujos de trabajo propietarios y aumenta el coste de salida cuando un centro quiere migrar, diversificar o recuperar autonomía.
Apple: menos cuota en educación, pero gran poder de influencia
Apple participa en educación con un enfoque distinto: menos basado en “gratis para todos” y más apoyado en ecosistema, hardware y gestión. Sus programas educativos combinan precios especiales para estudiantes y docentes con herramientas de administración para centros (como Apple School Manager). No necesita dominar por volumen para marcar hábitos: donde entra, lo hace con una integración profunda que puede convertir la experiencia del alumno en una relación duradera con el dispositivo, la plataforma y la tienda de aplicaciones.
En la práctica, el patrón se repite: cuanto más se integra una comunidad educativa en un ecosistema cerrado, más difícil se vuelve salir de él sin fricciones operativas, formativas y económicas.
Los números ayudan a entender el problema: el hábito pesa más que la cuota
A escala global, el dominio del escritorio sigue siendo de Windows. En diciembre de 2025, Windows rondaba el 66,4 % del mercado de sistemas operativos de escritorio, mientras que Linux se situaba en torno al 3,86 % y Chrome OS cerca del 1,24 %. Son cifras que pueden parecer pequeñas para Chrome OS, pero en educación importa menos la cuota mundial y más la penetración local en aulas.
Y ahí está el punto crítico: aunque Chrome OS no sea el rey del escritorio, sí puede ser la primera experiencia digital estructurada para millones de alumnos. Y la primera experiencia, en tecnología, marca.
El problema no es que existan herramientas privadas. El problema es que no existan alternativas reales en el currículo
La reacción instintiva suele ser equivocada: “prohibir Chromebooks”, “evitar Microsoft”, “no comprar iPads”. Ese enfoque rara vez funciona y suele castigar al profesorado, que necesita herramientas que funcionen, y a los centros, que operan con presupuestos y personal limitados.
La cuestión de fondo es más importante y más urgente: si el sistema educativo no enseña tecnología abierta como base, está entregando la cultura digital a intereses comerciales.
La escuela debería formar en competencias transferibles: conceptos de sistema operativo, archivos, permisos, redes, seguridad básica, formatos, interoperabilidad. Y debería hacerlo con herramientas que permitan aprender “lo universal”, no “lo específico”. De lo contrario, se produce un efecto silencioso: el alumno no aprende a elegir tecnología, aprende a depender de lo que le dieron.
Por qué hay que actuar ya: la dependencia se consolida antes de que el alumno sea consciente
La dependencia tecnológica no se instala de golpe; se instala por repetición. Se normaliza cuando:
- el “correo del colegio” equivale a un proveedor,
- los trabajos solo se entregan en un formato,
- las videollamadas solo se hacen por una plataforma,
- la identidad digital depende de un único ecosistema,
- y el alumno no ve alternativas durante toda su etapa formativa.
Cuando esa generación llegue al mercado laboral, su preferencia no será racional: será emocional y práctica. Elegirá lo que conoce, lo que le resulta familiar, lo que “siempre se ha hecho así”. Y eso no es libertad de elección: es inercia diseñada.
Qué significa enseñar open source “de base” sin romper el día a día del centro
Actuar no exige una revolución inmediata, pero sí un giro estratégico. Algunas medidas realistas que muchos centros pueden empezar a aplicar:
- Introducir GNU/Linux en laboratorios o aulas de informática como entorno de aprendizaje, aunque el resto del centro mantenga su plataforma habitual.
- Formar al profesorado en herramientas abiertas y en estándares, evitando que la tecnología sea una caja negra.
- Priorizar formatos abiertos en trabajos y materiales para que el alumno no asocie aprendizaje a una sola suite.
- Enseñar competencias digitales de verdad: permisos, privacidad, copias de seguridad, autenticación, gestión de archivos, nociones de red.
- Diseñar compras y contratos con cláusulas de portabilidad: si los datos no se pueden exportar fácil, no es una solución educativa, es un ancla.
- Fomentar cultura maker y de programación con herramientas abiertas: cuanto antes entienda un alumno cómo funciona un sistema, menos probable es que se convierta en un usuario cautivo.
El objetivo no es demonizar a las grandes tecnológicas. El objetivo es evitar que el aula sea el primer eslabón de una cadena de dependencia. Porque, si la escuela no ofrece una base abierta, el mercado lo hará por ella… a su manera.
Preguntas frecuentes
¿Cómo puede un colegio introducir Linux sin aumentar el caos técnico?
Con despliegues graduales: aulas piloto, laboratorios, equipos reutilizados o arranques duales. El mayor éxito suele venir de acompañarlo con formación docente y materiales prácticos, no de imponerlo de golpe.
¿Qué alternativas open source existen a las suites educativas propietarias?
Existen opciones basadas en estándares abiertos para ofimática, almacenamiento, colaboración y plataformas educativas. La clave es evaluar interoperabilidad, soporte, facilidad de administración y portabilidad de datos antes de adoptar.
¿Por qué es importante enseñar formatos abiertos en el aula?
Porque los formatos determinan la libertad futura: si un alumno solo conoce un formato propietario, su trabajo queda atado a una herramienta. Los estándares abiertos permiten cambiar de software sin perder acceso ni compatibilidad.
¿Qué debería aprender un estudiante para no convertirse en “cliente cautivo”?
Conceptos transferibles: sistema operativo, archivos, permisos, cuentas, seguridad básica, privacidad, copias de seguridad, redes y uso de herramientas que no dependan de un único proveedor.
fuente: Educación 2.0
