Starlink, el servicio de Internet por satélite de SpaceX, ha vuelto a situarse en el centro de la conversación global por dos anuncios que, aunque responden a lógicas distintas, se entrecruzan en un mismo punto: la conectividad se ha convertido en un activo estratégico. Por un lado, la compañía comunicó que aplicará conectividad gratuita en Venezuela hasta el 3 de febrero de 2026, en un contexto de fuerte inestabilidad política y cortes de infraestructura. Por otro, confirmó que a lo largo de 2026 ejecutará una reconfiguración de gran calado en su constelación: unos 4.400 satélites descenderán desde una órbita de 550 km a otra de 480 km, una decisión orientada a reforzar la seguridad espacial y reducir el peligro de colisiones en una región cada vez más congestionada.
El anuncio de la gratuidad se difundió desde la propia cuenta de Starlink en X, con un mensaje breve que subraya el objetivo de “garantizar conectividad continua” hasta comienzos de febrero. La medida llega tras la operación de Estados Unidos en Venezuela que culminó con la captura del presidente venezolano Nicolás Maduro y su traslado a Nueva York, donde compareció ante un tribunal federal para responder a cargos relacionados con narcotráfico y conspiración, negando las acusaciones. La situación ha provocado tensiones diplomáticas y un debate internacional sobre la legalidad y el alcance de la intervención, mientras en Venezuela se abre un periodo de incertidumbre institucional.
En ese escenario, Starlink plantea la conectividad como una “red de emergencia” capaz de seguir funcionando cuando fallan redes terrestres o se producen interrupciones de suministro. No es la primera vez que la constelación de SpaceX opera como herramienta de resiliencia: durante la guerra en Ucrania, el servicio se convirtió en una ventaja táctica y logística relevante; y en otras crisis se ha presentado como alternativa para mantener comunicaciones en regiones remotas o afectadas por apagones. Pero el caso venezolano vuelve a poner sobre la mesa una pregunta incómoda: ¿qué implica que una infraestructura privada, global y operada por una empresa estadounidense pueda alterar —o sostener— el pulso informativo y económico de un país en plena crisis?
La propia cobertura mediática en torno a la gratuidad ya apunta a varias incógnitas prácticas: a quién se aplican exactamente los créditos, cómo se gestionan las altas o reactivaciones, y si la iniciativa puede sostenerse en un país donde la disponibilidad de terminales y la operativa comercial del servicio no siempre han sido homogéneas. En términos tecnológicos, Starlink ofrece banda ancha de baja latencia mediante satélites en órbita baja (LEO), lo que lo diferencia de los sistemas tradicionales geoestacionarios (GEO) situados a decenas de miles de kilómetros. Esa cercanía reduce tiempos de ida y vuelta de la señal y permite conexiones más reactivas, especialmente apreciables en videollamadas, telemedicina, educación online y trabajo remoto.
Mientras tanto, el segundo movimiento anunciado por la compañía afecta al “motor” invisible que hace posible el servicio: la geometría orbital. Michael Nicolls, vicepresidente de Ingeniería de Starlink en SpaceX, explicó que el descenso a 480 km busca incrementar la seguridad a medida que la órbita baja se convierte en una autopista saturada. La lógica es doble. En primer lugar, operar por debajo de 500 km reduce, según la empresa, la exposición a ciertas densidades de desechos orbitales y a la concentración de futuras constelaciones. En segundo lugar, el descenso acelera la retirada natural de satélites averiados: a 550 km, un satélite fuera de control puede tardar más de 4 años en reentrar y desintegrarse; a 480 km, ese proceso podría reducirse a meses, al encontrarse con una atmósfera ligeramente más densa.
Esta variable atmosférica se vuelve especialmente relevante con la perspectiva del mínimo solar esperado hacia el final de la década. Cuando la actividad solar desciende, la atmósfera superior tiende a contraerse y a ofrecer menos “freno” natural a los objetos en órbita, lo que alarga la vida de restos y satélites inactivos, elevando el riesgo de colisión en el largo plazo. El descenso que plantea Starlink se presenta, así, como una medida preventiva para que los fallos no se conviertan en basura persistente durante años.
La decisión no se toma en el vacío. La compañía ha indicado que el plan se coordina con reguladores y con el Comando Espacial de Estados Unidos (USSPACECOM), en un momento en el que otras constelaciones —como la de Amazon (Project Kuiper) o iniciativas chinas como Guowang— aceleran el despliegue de miles de satélites y elevan la complejidad del tráfico orbital. En el debate de fondo aparece un choque de escalas: cuanto más útil resulta el Internet satelital de órbita baja para llevar conectividad a regiones sin fibra ni 4G fiable, más crece la presión sobre la gestión del espacio cercano.
Para los usuarios, Starlink sostiene que el descenso no solo tiene implicaciones de seguridad. Al “densificar” la constelación, cada satélite cubre una porción menor de superficie, lo que —bien gestionado— puede traducirse en más capacidad por usuario en zonas con alta demanda. Además, la reducción de distancia, aunque modesta, puede recortar la latencia de forma ligera. En el papel, también favorece el rendimiento de iniciativas como Direct to Cell, que persiguen dar conectividad básica a móviles convencionales: menor distancia implica menor pérdida de señal (path loss) y potencial mejora de estabilidad en condiciones complejas, como vegetación densa o interiores, además de un posible impacto en consumo de batería.
En conjunto, la foto que deja este arranque de 2026 es la de una constelación que crece en relevancia tanto por su papel técnico como por su carga política. En Venezuela, Starlink se presenta como un “puente” digital tras una operación militar que ha sacudido el tablero regional. En el espacio, la compañía mueve fichas para evitar que el éxito de las megaconstelaciones termine volviéndose en contra por congestión, colisiones y pérdida de control. Y, entre ambos planos, se consolida una realidad que incomoda a gobiernos y operadores tradicionales: la conectividad ya no depende solo de cables y torres, sino también de órbitas, decisiones privadas y equilibrios geopolíticos.
Preguntas frecuentes
¿Cómo funciona el Internet gratis de Starlink en Venezuela hasta el 3 de febrero de 2026?
Según el anuncio de Starlink, la gratuidad se articula mediante créditos o habilitación temporal del servicio hasta esa fecha. La forma exacta de aplicación puede depender del estado de la cuenta (activa, pausada o con incidencias) y de la disponibilidad operativa en cada zona.
¿Por qué Starlink baja satélites de 550 km a 480 km y qué cambia para el usuario?
El objetivo principal es mejorar la seguridad: a menor altitud, un satélite averiado reentra antes en la atmósfera y reduce el tiempo en el que puede convertirse en un riesgo. Para el usuario, el cambio puede aportar mejoras sutiles de latencia y capacidad si la red queda más “densificada”.
¿Qué riesgos existen por la congestión de satélites en órbita baja (LEO)?
Aumentan las probabilidades de aproximaciones peligrosas y colisiones, especialmente si hay maniobras descoordinadas, fallos o proliferación de basura espacial. Esto obliga a reforzar coordinación, normas y capacidades de evitación de colisiones.
¿Puede Starlink sustituir a las redes móviles y de fibra en un país en crisis?
Puede ayudar como red alternativa o de respaldo —sobre todo en zonas sin infraestructura o con cortes—, pero no siempre sustituye a gran escala a las redes terrestres: influyen factores como terminales disponibles, logística, regulación, costes y capacidad real por zona.
