Durante años, la promesa de los chatbots de Inteligencia Artificial ha sido sencilla de entender: respuestas rápidas, sin distracciones, y con una sensación de conversación “limpia” que contrasta con la web tradicional saturada de banners y resultados patrocinados. Pero ese ideal empieza a chocar con una realidad incómoda: mantener una IA conversacional a gran escala es extraordinariamente caro. Y cuando el coste de operar el servicio crece al ritmo de su popularidad, la pregunta deja de ser “si” habrá monetización más agresiva, y pasa a ser “cómo” se introducirá sin romper la confianza del usuario.
En ese contexto, varios indicios apuntan a que OpenAI —la compañía detrás de ChatGPT— estaría explorando fórmulas publicitarias para su producto, aunque públicamente insista en que no hay planes cerrados. El debate no es menor, porque si un asistente conversacional empieza a mezclar información con intereses comerciales, cambia el contrato implícito con el usuario: ya no solo importa qué responde, sino por qué lo responde.
Publicidad “dentro” de la respuesta: el escenario que inquieta
Parte de la conversación gira en torno a una idea especialmente sensible: que el contenido patrocinado pueda llegar a tener trato preferente en las respuestas del modelo, o que la experiencia incorpore anuncios de forma más integrada que un simple banner. En otras palabras, pasar de “anuncios alrededor del contenido” a “anuncios dentro del contenido”.
Medios tecnológicos han señalado que una de las opciones debatidas sería dar visibilidad adicional a información patrocinada o introducir formatos como una barra lateral con anuncios relacionados con la consulta, aprovechando el contexto del diálogo para afinar la relevancia.
Esta aproximación, si se confirmara, abriría un frente delicado: una cosa es que un buscador muestre un bloque de resultados patrocinados claramente etiquetado; otra muy distinta es que una IA “mezcle” recomendaciones comerciales en un texto que el usuario percibe como asesoramiento neutral.
OpenAI, entre la necesidad de ingresos y el riesgo reputacional
La propia OpenAI se mueve con cautela. Sam Altman ha señalado recientemente que no existen planes actuales para incluir anuncios, aunque tampoco ha cerrado la puerta a esa posibilidad a futuro. Según lo publicado, dentro de la compañía sí existirían conversaciones internas sobre publicidad, con la idea de que, si algún día ocurre, tendría que hacerse de manera que el usuario lo perciba como útil y no como una invasión.
El matiz importa: no es lo mismo “poner anuncios” que “construir un nuevo tipo de publicidad” adaptada a la conversación, algo que en teoría podría ser más relevante… y, precisamente por eso, más polémico.
Además, la llegada de funciones de personalización intensifica el debate. Si el producto se vuelve capaz de ofrecer resúmenes o sugerencias “a medida”, la tentación de monetizar esa misma personalización con anuncios altamente segmentados crece. Y ahí aparece el gran tema colateral: la privacidad. Un chatbot que conoce gustos, trabajo, objetivos o hábitos del usuario podría convertirse en una máquina publicitaria extremadamente eficaz… pero también en un objetivo de escrutinio regulatorio y mediático.
Por qué casi todas las IA acabarán mirando hacia la publicidad
El razonamiento económico es fácil de seguir incluso para un público no técnico:
- Las suscripciones ayudan, pero no siempre bastan para sostener el coste de computación y el crecimiento.
- Las empresas pagan por soluciones corporativas, pero el gran público espera precios bajos o incluso “gratis”.
- La publicidad sigue siendo el mecanismo más probado para financiar productos masivos en Internet.
En la práctica, esto empuja a muchas plataformas de IA hacia un destino parecido al de la web y las redes sociales: si quieres escala global, necesitas un motor de ingresos igual de global. Y la publicidad es ese motor, con todas sus implicaciones.
Google sigue teniendo la ventaja: anuncios… y el canal de distribución
Aquí entra Google con una posición difícil de igualar. No solo por su tecnología, sino por la infraestructura comercial acumulada durante décadas.
Google vive de la publicidad a una escala que ninguna empresa de IA ha demostrado poder replicar todavía. Incluso en medio de presiones regulatorias, el negocio publicitario y el control de partes clave del ecosistema adtech siguen siendo una fuente gigantesca de ingresos y poder de mercado. Un ejemplo: en un caso reciente en la UE, se citó que Alphabet ingresó alrededor de 350.000 millones de dólares en 2024, y que su división de adtech representó una parte relevante del negocio.
Pero la ventaja no es solo “tener anuncios”. Es tener el sitio donde la gente ya busca. Si el futuro se mueve hacia respuestas generadas por IA, el dueño del punto de entrada (el buscador) tiene margen para insertar ese formato sin reinventar desde cero la maquinaria comercial.
Y además está la capa de IA. Google lleva años reposicionando su estrategia alrededor de la Inteligencia Artificial, integrándola en productos de consumo masivo. Su director ejecutivo, Sundar Pichai, ha descrito esta transición como un giro estructural de la compañía hacia la IA y la incorporación de modelos como Gemini en su ecosistema.
Dicho de forma simple: si la IA se convierte en “la nueva interfaz” de Internet, Google ya controla muchos de los botones que el usuario pulsa para llegar a esa interfaz. Y eso, en publicidad, vale oro.
El dilema de fondo: confianza contra rentabilidad
Para el usuario generalista, la cuestión clave no es si habrá anuncios, sino si se podrá seguir confiando en la respuesta.
Una IA con publicidad puede funcionar de forma transparente —por ejemplo, etiquetando claramente contenido patrocinado y separándolo del contenido editorial—. Pero si la monetización se percibe como una interferencia, el producto pierde su mayor activo: la sensación de que “te ayuda” sin intentar venderte algo a cada frase.
En los próximos meses, el debate no irá solo de tecnología. Irá de diseño, ética, regulación y comunicación: cómo se etiqueta, qué se prioriza, qué se guarda del usuario y con qué límites. Y, sobre todo, de si las empresas serán capaces de monetizar sin convertir la conversación en otra versión del viejo Internet lleno de trampas de clic.
Fuente: Publicidad en ChatGPT
